

Un día decidí darme por vencido... renuncié a mi trabajo, a mi relación, a mi vida. Fui al bosque para hablar con un anciano que decían era muy sabio.
—¿Podría darme una buena razón para no darme por vencido? Le pregunté.
—Mira a tu alrededor, me respondió, ¿ves el helecho y el bambú?
—Sí, respondí.
—Cuando sembré las semillas del helecho y el bambú, las cuidé muy bien. El helecho rápidamente creció. Su verde brillante cubría el suelo. Pero nada salió de la semilla de bambú. Sin embargo no renuncié al bambú.
—En el segundo año el helecho creció más brillante y abundante y nuevamente, nada creció de la semilla de bambú. Pero no renuncié al bambú.
—En el tercer año, aún nada brotó de la semilla de bambú. Pero no renuncié al bambú.
—En el cuarto año, nuevamente, nada salió de la semilla de bambú. Pero no renuncié al bambú.
—En el quinto año un pequeño brote de bambú se asomó en la tierra. En comparación con el helecho era aparentemente muy pequeño e insignificante.
—El sexto año, el bambú creció más de 20 metros de altura.
Se había pasado cinco años echando raíces que lo sostuvieran. Aquellas raíces lo hicieron fuerte y le dieron lo que necesitaba para sobrevivir.
—¿Sabías que todo este tiempo que has estado luchando, realmente has estado echando raíces? Le dijo el anciano y continuó...
—El bambú tiene un propósito diferente al del helecho, sin embargo, ambos son necesarios y hacen del bosque un lugar hermoso.
—Nunca te arrepientas de un día en tu vida. Los buenos días te dan felicidad. Los malos días te dan experiencia. Ambos son esenciales para la vida, me dijo el anciano y continuó...
"La felicidad te mantiene dulce. Los intentos te mantienen fuerte. Las penas te mantienen humano. Las caídas te mantienen humildad. El éxito te mantiene brillante. Si no consigues lo que anhelas, no desesperes, quizá sólo estés echando raíces..."

Hace dos años llegué a Quintalegre y grande fue mi alegria al ver que en la mudanza venían algunas plantas de mi casa en Mexico. Mi sorpresa era el macetero de hierro forjado negro con 13 macetas de Duranta repens, que lucían muy vistosas. Limpiamos y pintamos las macetas y podamos el follaje. Llama la atención el tono de verde tierno amarillento agradable. Para desinfectar el follaje se fumigan (bañan) con un plaguicida ecológico hecho en casa con cebolla, ajo, chile serrano, jabón y agua, bien molido.

Me hizo un vestido azul, sin mangas, suelto en que mi cuerpo se sentía libre, acariciado por su tela liviana. Era verano, caluroso algo húmedo. Todos los sábados se abría un luminoso mercado en Vallarta. Se llenaba de turistas americanos, canadienses, europeos mezclados con los que ya vivían en ese paraíso de calles adoquinadas, casas todavía pequeñas, blancas con sus techos de tejas rojas.
Tere hacia vestidos y los vendía allí al aire libre. Las mujeres la rodeaban como enjambres de abejas y se probaban un vestido sobre otro. No había vestidor y un espejo rudimentario se sostenía precariamente en el piso. Todo era color y alegría.
Yo me sentía flotar en mi vestido azul. Claro era muy sencillo. No tenía mayor gracia más que ese flotar alrededor de mi cuerpo, el hacerme libre.
De pronto algo llamo mi atención. Allí en otro puesto estaba ese objeto de fuerte color naranja. Era un pequeño prendedor. Una figura de niña algo ridícula, pero de un ridículo cautivante. Tenía la boca abierta y un paraguas semiabierto. La mire y me enamore. Tenía que tenerla.
Recién comprada la prendí en mi vestido azul. El vestido pareció estremecerse. Perdió su sencillez y se convirtió en un momento en un vestido azul único. Ya no era un simple vestido azul. Llamaba la atención de inmediato. Era otro.
Cuando me lo pongo me transformo. Camino como reina. Quien creería el poder de esa pequeña figurita naranja ridícula.
Cuando me vean la podrán conocer.

Venía yo un cierto día, en la Ciudad de México, por la Av. Río de San Joaquín rumbo a la Colonia Anzures, y me alcanzó un policía de tránsito, y me detuvo. Me reclamó de haber circulado con exceso de velocidad.
Efectivamente, le confirmé que venía yo un poco rápido, pero que no era yo el único. Sí, me dijo, pero Ud. era el último. Le dije "Ay maestro, ¡tantos años de marquesa y no saber mover el abanico! Eso tiene remedio, si Ud. rebasara a todo el contingente, y detiene al primero, los demás caen solitos!" Me respondió "¡Que buena idea!" y me devolvió mi licencia.

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